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Jueves 22 de julio de 2004. Pasadas las 10:30 de la noche cojo el tren desde Bilbao para Lleida. Voy a la estación con mi mujer, esperamos el ratillo de rigor, nos despedimos hasta el sábado de la semana siguiente en Hondarribia y... ¡¡pasajeros, al tren!! Bueno, vale, nadie dice ya eso, pero allá vamos. Compartimento cutre con seis literas que te permite ir como lo haría una cerilla en un compartimento individual. No voy a entrar en detalles sobre los diferentes tipos de ronquidos que emiten los compañeros, todos hombres, por favor, que todavía hay decencia.

Una inspección más en detalle del tren le provocaría a cualquiera un intenso nerviosismo al ver las royambres que rodean todo. Las ventanas guarras, un chicle pegado en el techo proveniente de la década pasada, unas mantitas que dan un poco de miedo, Renfe for ever. Tran, tran, txuku, txuku... pero llegamos a Lleida a la hora má o meno, o sea, a eso de las 6:30 de la mañana del viernes 23. Al bar, a por un croissant y un cafelito. Por el pasillo un tipo magrebí camina despacio a mi lado, con cara rara. Yo despacio, el más. Me mira, me mosqueo. Al final aparece un barrendero, vestido al nuevo estilo fosfo. Con aire de total seguridad le medio grita: "¿Qué?, ¿papeles?" El otro farfulla algo así como "Gobierno". El barrendero asesor le vuelve a medio gritar: "¡No, gobierno no! ¡Papeles, papeles!" Tras la conversación kafkiana queda claro que el magrebí acaba de llegar, que está acojonado, y que su primer contacto para ir a por ¿papeles? lo consigue a través de un extraño funcionario que viste de fosfo. Yo, como él, también saldría de la estación más acojonado de lo que llegué.

Iglesía románica de San Feliú de BarrueraEn la cafetería de la estación nueva escena surrealista, con un tipo superpasado, mamau hasta las cejas (o bajo los efectos de vete a saber tú qué mezcla de drogas varias), que intenta retirar de la barra todo lo que no contenga ya líquido. El tipo tiene algún tic nervioso que le lleva a volcarse sobre la barra para meter lo que pilla en los fregaderos donde trajinan las camareras. Por supuesto, en cuento me termino el cortado allí va su zarpa a toa mecha. ¿Quién dijo que esta gente era un lastre para la sociedad?

Salgo de la estación para ir a la estación de autobuses de Alsina Graells, no demasiado lejos. Atravieso un amplio paseo, con magrebíes, subsaharianos y demás gente del planeta Tierra, esperando que venga Dios a recogerlos en land rover pa llevarlos a algún tipo de trabajo remunerado en lo mínimo que se pueda. Camino por el centro de la calle y van pasando yips a recoger a estos miembros de la raza humana. Joder, impresiona lo suyo a un blandengue como yo.

Con ciertos problemas estomacales asociados al cortau de la estación, llego ande los autobuses. Aquí veo más subsaharianos que magrebíes y también encuentro pequeños hombres sudamericanos que se unen al festín multiétnico. Los servicios de la estación de autobuses invitan a todo menos a entrar, así que mejor me busco una alternativa. Veo otro par de barrenderos fosfo (que ya sé que son los proveedores oficiales de información aquí) y les pregunto por otro bareto. Tras ciertas discusiones, alcanzan un acuerdo y me comunican que la decisión es un bareto allín en aquella calle, pos a la derecha en una replaceta. Vale, compañeros. Llego al bar, con simbología comunista por varios sitios. Sí, has leído bien. Allí sí hay contacto con el retrete, mientras veo alguna foto del difunto Paco Rabal.

Vuelvo a la estación de autobuses y allí espero a que abran la taquilla, mientras leo al comisario Montalbano, el de Andrea Camilieri, mi libro para estos días. Sin problemas, cojo el autobús y en dos horitas allí que llegamos a El Pont de Suert. Enseguida reconozco el hostal Canigó, donde me hospedo. Supermaja la chica que me atiende, me dice que la bici llegó bien por mensajería y que cuando quiera me ponga con ella a recomponerla. La encuentro estupenda (a la bici), muy bien embalada por Pedrito Maestre y cía. Sorprendentemente no tengo problemas para dejarla en condiciones de andar sobre ella. Eso sí, 35 grados no invitan a grandes hazañas. Paseíto por el pueblo, menú del día, siestita y... como ha subido a 39 grados, decido coger la bici y pasear por el valle del Boí a ver alguna iglesia románica de esbelto campanario. La chica del hotel piensa que estoy zumbado, razón no se la quito, pero allá vamos, suave, suave.

Llego hasta Barruera, veo la iglesia, hago fotos a San Feliú, San Mamés y algún otro chaval, también a la torrecita del campanario. Me subo hasta Erill la Vall, donde caen algunas fotos más y luego a bajar otra vez al Pont de Suert, que mañana, empezamos, ¿no? Otro paseíto por el pueblo, inspección del lugar por donde saldré para Hondarribia, sin señalizar, cachín diez, y vuelta pal hostal a dormir.

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