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Son las 6:15 y empiezo a dar pedales. La salida hacia Cires y Espulla resulta que está asfaltada (la guía decía pista chunga) y aunque hay rampitas, como estamos al principio, se sube tipo Verano Azul. Luego pistas decentes, algún pequeño tramito a pie y enseguida se llega a Bonansa. Allí carreterita para subir al Alto de Bonansa (chan, chararán, chararán, chararán,Vista de Espés desde la pista por la que se circula chararán, chan, chan, chan...; joder, está claro, era la sintonía de Bonanza, ¿no lo coges?). Bajada hasta un puentecito para coger pista hacia Espés, Gabás y cía. Buena pista y sombritas, que ya se empiezan a agradecer.

Antes de coger la pista, encuentro a los primeros humanos en vehículo motorizado. Creo que habían pasado más de dos horas desde que salí de El Pont de Suert. No está mal.

Para subir a un collado antes de bajar hacia Gabás encuentro las primeras rampas durillas, pero no hay nada que andando no sea capaz de franquear. Arriba me encuentro con un par de ¿lugareños perdidos? Les digo de dónde vengo y a dónde voy y luego busco un lugar para sentar el culo y descansar un ratito. Entro en Gabás a por agua. En general, las pistas de hoy no están mal. Además, no parece fácil perderse. Los paisajes empiezan a ser típicos pirenaicos, con grandes cumbres que te rodean allá por donde pasas. Como estoy al principio, foto va y foto viene.

Continúo desde Gabás por una pista arbolada, como la mayor parte de lo recorrido hasta ahora. Finalmente llego a una potente bajada con sus tramitos trialeros y todo. Allí me adelantan otros dos ciclistas que me hacen consciente de la diferencia entre llevar o no llevar bultos encima de la bici (incluyendo al que escribe). La bajada se disfruta lo suyo hasta llegar a la carretera, en el pueblo de Seira. Aquí el calor ya agobia lo suyo, bastante más de 30 grados, está claro. Avituallamiento autóctono a base de bocata de jamón con tomate en media barra de pan. Esto es vida.

Bajando hacia GabásContinúo algunos kilómetros por la carretera, en bajada, para encontrar un sitio decente donde meterme el superbocata. No acabo de encontrar ningún sitio que me guste y acabo en una cutre pista no demasiado lejos de la carretera y con un calor pelín asfixiante. Pero eso sí, bocata tremendo aderezado con moscardones del lugar. Sirve además para descansar un buen rato. Me han dado casi las 2 de la tarde y no es muy buena hora para dar pedales, pero... sólo son ocho kilómetros desde un pantano que debe haber aquí al lado hasta Viu, donde dormiré esta noche. ¿Sigo?, ¿espero? En fin, de todas formas, no creo que refresque mucho. Sigo; craso error. Además, sgluups, caigo en la cuenta de que he perdido mis fotocopias reducidas del rutómetro, pues qué bien empezamos.

Bajo en un santiamén al pantano por la carretera y joder qué calor. Miro el mapa y no veo demasiado desnivel: 700 metros en el pantano y algo más de 1.000 metros en Viu. Sí, son 300 metros; sí, son ocho kilómetros, pero... aquello sube ¡hasta los 44 grados! No hay forma de subir. Me paro al de poco más de un kilómetro de empezar a subir, en una sombra, bajo unos árboles. Me empapo en buff con el agua que llevo, me quito el casco, me quito el alma. Espero un buen rato. Venga, otro pedazo y otra paradita a la sombra. Más agua por encima. A la entrada de Senz se me aparece la virgen en forma de fuente a la izquierda de la carretera. Son más de 40 grados y un agua fresca impresionante, con un chorro bien caudaloso. Venga agua y más agua. Queda lo que queda, pero esto me resuelve el problema por el momento.

Para que os hagáis una idea, en los cuatro kilómetros que me quedaban -siempre asfalto- tuve que pararme otras dos veces antes de llegar a Viu. Creo que, con diferencia, este fue el tramo más duro de toda mi transpirenaica. Así de simple, ocho kilómetros de carretera para un desnivel de 300 metros: lo más duro.

Vista de GabásEn Viu encuentro enseguida la casa rural: hablo con una chica muy amable, me enseña la habitación y a la ducha. ¡Qué gran invento esto del agua corriente! Medio siesta y bajo a echar un vistazo al pueblo y a ver si la bici necesita mimos. El pueblo está al comienzo de la subida al collado de Cullibert, donde comienza la pista tras terminar la carretera. Veo por el pueblo unos chavales franceses en plan boy&girl scouts que no sé de dónde han salido o dónde pueden estar alojados. Veo también, como una alucinación a más gente que sube en bici hacia el collado y que me preguntan si hay algún bar en el pueblo. Pues no chavales, no hay; ale, sin prisa para arriba, que ya refresca (creo que ahora ya son menos de 35 grados).

Tras el subidón, reflexiono acerca de que mejor dejo de dar pedales al mediodía o, si no, otro día, me recogen en forma de charco en la carretera.

En la casa, como no hay otra cosa que hacer, charlo con la abuela. Que si allí ya no hay niños y aquello se muere, que si la escuela ya está cerrada, que antes marchaban jóvenes para otros sitios a buscar trabajo (como su marido, albañil, que marchó a Zarautz), que por allí hacía mucho frío en invierno y cuándo helaba no había quien parara, que antes había familias de siete hemanos y ahora ya no... Le pregunto por la subida al collado y me cuenta que ella la hacía de joven andando: cinco horas hasta Laspuña, donde vivía la cuñada. Bueno, por allí pasaré mañana. Me dan de cenar en el típico comedor de las casas antiguas, el comedor que sólo se usa los domingos y no todos. El comedor con su mesa, sus cuadros, su mesita para la tele, su enciclopedia años 60, sus tapetes... y todo repleto de trofeos de no sé qué juego de cartas. Sí, pero comida que sabe a gloria y cafelito pa dormir bien. Buenas noches.

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