7: Portomarín - Santiago

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7. Portomarín - Santiago de Compostela (100 km.)

Viernes, 28 de julio de 2000.

Portomarín. Una hermosa niebla nos acompaña al amanecer. Se nota el Miño al lado porque la bruma es espectacular. Desayuno, bajadita hasta el borde el río, lo cruzamos y, cómo no, subidón para comenzar el día. Llegamos a una zona más llana, con la niebla junto a nosotros. Chubasqueros puestos, que hace fresco. Que no se me olvide en mis recomendaciones esto del chubasquero, aunque sea el agosto más cálido de la historia. Redesayunamos en una pulpería, pero al estilo tradicional: café con leche y algún que otro pastelillo. Cada vez vemos más peregrinos; ahora en ocasiones son ya pequeñas multitudes que caminan juntas por el camino.

Palas de Rei. El camino continúa con algunas corredoiras bien bonitas. Entramos en Palas de Rei, donde paramos un momento para rellenar de billetitos de diferentes colores nuestras carteras en un cajero automático. Entre tanta aldea, Palas es un pueblo-pueblo, con su tráfico y tó. La verdad es que la variedad del paisaje gallego también tiene su punto de monotonía por lo del continuo sube-baja. La memoria se me pierde, aunque recuerdo un pequeño puente medieval en una vaguada, con peregrinos refrescando los pies. Todo son más y más aldeas hasta llegar a:

Melide. Pueblo muy conocido porque aquí cayó otro glorioso bocata en pan de hogaza, esta vez de calamares. Mis compañeros de viaje me miran sorprendidos, pero lo tengo muy claro: dar pedales me da hambre. ¡Qué queréis que le haga! Sellamos en varios pueblos la credencial para ver si se me llena pero me parece que no va a ser posible. ¡Maldita sea!, tendré que hacer el Camino de Santiago de nuevo para completar una credencial con más sellos. ¡Qué se le va a hacer! ;-))). El sube-baja me sigue pagando factura, como también la bajadita a Sarria de ayer. Empiezo a no soportar un dolor en la parte de atrás del pie, que me empieza a martirizar. Así pues, tengo que aflojar y dar pedales con el pie izquierdo sólo.

Arzúa. Mi crisis es casi total: entre el dolor del pie y una semipájara, mi estado de ánimo no es el mejor. Necesito beber, necesito beber. Paramos en una afamada pastelería y entre un par de pastelitos y un par de chismes "bionosequé" de Pascual (perdón por la publicidad; no, a ustedes los de Pascual no, ustedes ya sé que me dan las gracias) parece que el cuerpo se arregla. La chica del bar me dice que alguno de los pascualinos lo tiene ya caducado, pero no estoy para bromas. Cae para adentro y es el segundo descubrimiento energético del Camino de Santiago: no veáis cómo se tira con un par de chismes de esos caducados. Una bala, compañeros, una bala. Desde aquí el dolor continúa, pero la pájara me dice adiós definitivamente.

Lavacolla. Estamos junto al aeropuerto de Santiago y todo va bien. Volamos hacia Santiago.

Monte do Gozo. Momento histórico en la vida del cicloturista peregrino. El monumento a la izquierda del Camino se levanta prepotente. Llegamos bien, sin mayores sobresaltos que no sean los últimos megarrepechos que nos hemos metido, entre risas. Porque más vale reír que llorar con tanta cuesta y requetecuesta. Nos tomamos un cafelito en un kiosco y apreciamos el auténtico espíritu del peregrino (?). Grupos enfervorizados de chicos y chicas cantan y ríen un poco histéricos porque están a punto de llegar a Santiago. Llamo a casa y digo eso de que "Ya está. Ya he llegado. Estoy en Santiago, bueno, al lado, en el Monte do Gozo. Muy bien. Sin problemas. Sí, sí, un día antes de lo previsto. Nos vemos."

Santiago de Compostela. Al comenzar a bajar nos encontramos con un salmantino también en bici con el que intercambiamos conversación. Entramos con él en Santiago a primera hora de la tarde y vamos derechos (bueno, lo intentamos) hacia la Plaza del Obradoiro, la Meca del peregrino (¿o esto de "Meca" será sacrilegio en Santiago?). Grupos de gente llegan como pequeñas avalanchas. La gente se abraza como en cualquier concurso televisivo, presas de una extraña emoción. Sí, sí, es la catedral, estamos en Santiago. Nos encontramos, cómo no, con nuestros queridos holandeses, que han viajado con nosotros, a diferente ritmo, pero en el mismo tiempo, desde Santo Domingo de la Calzada. Fotografías y promesas de futuros encuentros y nuevos proyectos cicloturistas. Nos dirigimos a la Oficina del Peregrino y con los pertinentes trámites obtenemos la Compostela, que luego tendrá un lugar de honor en más de una habitación ciberbetetera.

Por la noche, cena a base de marisco, con precio que ni de Bilbao, pues. Al día siguiente, misa del peregrino, con la catedral abarrotá. Y allí que oyes la retahíla de todos los que hemos llegado. Y hasta incluso dicen "Uno en bici desde Bilbao". Y, claro, a uno, que es un poco gilipollas, hasta se le enternece el corazoncito.