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4. Sahagún - Astorga (113 km.) Martes, 25 de julio de 2000. Sahagún. Salimos con tiempo fresco. Por la noche ha llovido y por si las moscas salimos con chubasquero. De frente, cielo más bien oscuro, por no decir negro. Con mi habitual optimismo les comento a mis compañeros que no se preocupen, que no nos va a llover en todo el Camino, que lo he apalabrado así con los del tiempo de la tele. Voto a bríos, que no nos llovió en el resto del Camino. Esta parte se hace también bastante monótona.
León. La entrada no es precisamente preciosa, en ligera subida. Se callejea lo suyo antes de llegar a la plaza de la catedral. Reponemos fuerzas de nuevo a base de buenos bocatas de camino a la catedral. A las puertas de ésta, las típicas pedigüeñas; una de las cuales se me acerca y durante unos veinte minutos me cuenta la historia de sus venturas y desventuras. Como podéis imaginar, ganan de largo las desventuras. A fin de cuentas es su trabajo. Madre viuda, que antaño fue hermosa, con mala suerte en la vida y un retoño al que cuidar. Escucho y creo que en el fondo hasta me conmuevo. El problema es que nunca sé distinguir la verdad de la invención. Salimos de León a primera hora
de la tarde. Tampoco la salida es ninguna maravilla: autovía, coches zumbados y
ligera subida hasta: La Virgen del Camino. Iñigo nos comenta alguna cosa sobre la iglesia, pero no nos entretenemos y cruzamos la autovía para coger de nuevo el Camino-camino. Tras pasar Oncina de Valdoncina entramos en una zona entretenida, aunque poco a poco el irregular suelo empieza a hacer que nos quejemos más de lo previsto. Los kilómetros pueden hacerse con relativa rapidez por Chozas de Abajo, Villar de Mazarife... El pobre Iñigo es el que peor lo pasa con el suelo traicionero sin su horquilla de suspensión, que ahora lleva a modo de tubo de escape. Lo cierto es que, acostumbrado ya a una suspensión delante, tiene que ser duro dar pasos atrás y volver a recordar cómo era aquello de aguantar en los antebrazos toda la tensión del camino.
Astorga. Mis amigos tienen que coger también hostal porque el albergue está, cómo no, abarrotao. Nos da tiempo a dar una vuelta tranquila por el pueblo y disfrutar sentados en su plaza del Ayuntamiento de unas curiosas campanadas en su famoso reloj. Nos animamos con la camarera, la cual nos propone un surtido de ibéricos que por supuesto, cae sin piedad... como aperitivo antes de la cena, claro. Luego, cena apacible y a la camita que mañana empiezan las subiditas con la Cruz del Ferro. Buenas noches. |